DAISETZ TEITARO, S.

SUZUKI, D.T. (1985). Budismo Zen. Barcelona: Kairós

«Uno de los maestros Kano fue requerido en una ocasión con objeto de pintar un

dragón en el techo de uno de los principales edificios pertenecientes a Myosynzi.

Quería hacer del dragón una de sus obras maestras, pues el templo tiene una larga

existencia y allí se encuentra gran número de insignes obras artísticas de todo tipo.

No obstante, no acababa de sentirse plenamente capacitado para semejante tarea. El

dragón es, claro está, una criatura mítica, y el pintor no pretendía, lógicamente, que

su obra pareciera un genuino dragón. Aspiraba a creerlo de su propia imaginación,

pleno de vida y espíritu, de manera que el animal, aunque grotesco en apariencia,

sería el propio pintor tomando vida en un mundo imaginario. La realización de tal

proyecto no era tarea fácil. La realidad de los sentidos trabajaba incesantemente en

su contra en cuanto se esforzaba por remontarse hacia los cielos de sus fantasías

artística. El pintor recurrió finalmente al abad de un monasterio Zen, un gran maestro

de aquella época, y le preguntó sobre la forma de proceder en su trabajo. El maestro

le dijo simplemente: «Conviértete en dragón». El artista Kano no acabó de entender

cómo debía interpretar el consejo, pero tras mucha reflexión, la idea comenzó a ser

comprendida. Cuando finalmente regresó a donde estaba el maestro, no era ya un

simple artista tratando de pintar un dragón, sino el propio dragón. El maestro le orientó

entonces sobre la forma de avanzar en su trabajo. Se trataba pues, de un dragón

pintándose a sí mismo, no de un artista humano tratando de representar una criatura

mítica. La obra todavía puede ser contemplada hoy en día, tan como el artista la pintó

en blanco y negro, en el techo del templo.» (SUZUKI; 1960:105)

SUZUKI, D.T. (1960). Budismo zen y psicoanálisis. Nueva York: Harper and Brothers.

«El abad de cierto monasterio Zen quería que el techo del Salón Dharma fuera

decorado con un dragón. Se pidió a un notable pintor que hiciera el trabajo. Aceptó,

pero se lamentó de no haber visto nunca un verdadero dragón, si es que éstos existían

realmente. El abate le dijo: “No le importe no haber visto a esa criatura. Conviértase

en uno, transfórmese en un dragón viviente y píntelo. No trate de seguir el molde

convencional.”

El artista preguntó: “¿Cómo puedo convertirme en dragón?” Replicó el abad: “Retírese

a sus habitaciones privadas y concentre en eso toda su mente. Llegará el momento en

que sienta que debe pintarlo. Ése es le momento en que usted se habrá convertido en

dragón y el dragón lo impulsa a darle una forma.” El pintor siguió el consejo del abad

y, después de varios meses de grandes esfuerzos, cobró confianza en sí mismo al

verse en el dragón que surgía de su inconsciente. El resultado fue el dragón que vemos

ahora en el techo del Salón Dharma en el Myoshinhi, Kyoto.» (SUZUKI; 1960:21)

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